El verdadero nudo que Argentina debe desatar para que este avance de los servicios no se traduzca en un estancamiento de los salarios reales es la inversión en Investigación y Desarrollo (I+D). Al subdividir las actividades según su intensidad tecnológica, las ramas de alta sofisticación (como el software, servicios profesionales avanzados, química o maquinaria compleja) explican apenas el 11,9% del PIB argentino y solo el 8,5% del empleo total. Estos números sitúan al país al mismo nivel que economías regionales como Brasil o Colombia, pero a una distancia abismal del promedio de la OCDE, donde las ramas de alta tecnología concentran el 14,7% de las fuentes de trabajo.
Finalmente, esta transición hacia los servicios choca de frente con una restricción externa histórica: las divisas. Aunque los servicios dominan el PBI y el mercado laboral puertas adentro, los bienes siguen constituyendo el 84% de todo el comercio internacional argentino desde la década de 1970. Debido a que los productos físicos son mayormente transables internacionalmente, siguen siendo la fuente indispensable para el ingreso de dólares genuinos al país. El gran reto de las políticas públicas y del sector privado será lograr que la creciente economía de servicios gane en productividad y capacidad exportadora, evitando que el empleo del futuro quede atrapado en actividades de baja remuneración y limitado impacto global.