Cada 9 de julio, los argentinos nos detenemos a contemplar el acta fundacional de nuestra independencia. Sin embargo, corremos el riesgo de que sea una conmemoración vacía si no somos capaces de desenterrar el fuego interno que movilizó a sus protagonistas. Recordar el Congreso de Tucumán de 1816 debe ser una interpelación directa a nuestra responsabilidad histórica ante los complejos desafíos del presente.
Aquellos hombres de coraje se reunieron en circunstancias críticas: el Ejército del Norte había sido destrozado en Sipe-Sipe, Buenos Aires se desangraba en facciones internas y la restauración monárquica en Europa empujaba a buscar protectorados exteriores ante una derrota que parecía inexorable. Sin embargo, frente a tan pobres auspicios, ocurrió lo imprevisible. Los congresales se sintieron imbuidos de un mandato superior, un llamado de la voz silenciosa, pero imperativa de la Patria que brota del alma de los pueblos. En ese instante único, el espíritu heroico se impuso sobre los cálculos tácticos. Al firmar el acta, no solo rompieron vínculos con España, sino que añadieron una cláusula imperecedera que resuena con más fuerza a medida que transcurre el tiempo: la exigencia de ser independientes “de toda otra dominación extranjera”. Aquel congreso demostró, que en situaciones críticas, la política debe ser el arte de hacer posible lo imposible.
Los nuevos desafíos:
Hoy, en pleno siglo XXI, la Argentina enfrenta una encrucijada histórica que, bajo nuevos ropajes geopolíticos, tecnológicos y financieros, reedita el mismo dilema político de 1816. La libertad no es una abstracción; se encarna en la soberanía concreta de la Nación sobre sus decisiones y sus recursos. La independencia no es un estatus formal, sino una construcción diaria que se edifica exclusivamente sobre los cimientos de la soberanía. Difícilmente podamos hablar de una verdadera libertad si nuestra agenda legislativa se limita a subordinar el diseño de nuestro marco jurídico a normativas o intereses foráneos.
Los desafíos inéditos que enfrentamos:
• La soberanía tecnológica y la dignidad humana: Enfrentamos un cambio de época que no es meramente técnico, sino antropológico. El avance tecnológico debe estar al servicio de la persona humana y del bien común. En el plano económico y social, esto implica que la innovación debe tener como norte el desarrollo humano integral, la producción nacional y la creación de fuentes de trabajo digno para nuestro pueblo.
• La soberanía sobre nuestros recursos: La defensa y el desarrollo del país no pueden quedar condicionados por la voluntad de ningún interés extranjero. Desde la histórica zafra tucumana, donde toda una provincia entrelaza su destino en un ejemplo vivo de producción regional, hasta nuestros recursos energéticos, mineros y tecnológicos, la riqueza de nuestra tierra y de nuestro trabajo no representa un botín de corto plazo para la especulación, sino el motor irrenunciable del arraigo federal, la industrialización y la grandeza nacional.
Una convocatoria a nuestras reservas de patriotismo:
Nuestros próceres no claudicaron ante la adversidad; respondieron con patriotismo. No buscaron enriquecerse en la función pública, sino darlo todo por amor a la patria. Por eso, este 9 de julio, la encrucijada argentina nos exige abandonar la resignación y la improvisación. No podemos eludir nuestra responsabilidad histórica ni delegar las decisiones estratégicas de la Nación bajo la falsa premisa de una eficiencia sin rostro.
Reservas de patriotismo
Hago un llamado a evocar las reservas de patriotismo de nuestro pueblo: a nuestros técnicos, científicos, trabajadores, empresarios y jóvenes, para volver a concebir el esfuerzo cotidiano como la forma más alta de defensa nacional. Seamos capaces, como los hombres de Tucumán, de escuchar esa voz imperiosa de la Patria que supera todo cálculo transaccional. Construyamos entre todos un orden legal soberano y valiente que ponga los recursos al servicio del desarrollo de nuestras familias y del suelo sagrado que habitamos.
Demostremos, que los argentinos mantenemos intacta la capacidad de conducir nuestro propio destino. Asumamos el mandato de la historia con la certeza de que otro país es posible si tenemos la audacia y las virtudes necesarias para hacerlo realidad.
¡Viva la Patria! ¡Todo por Argentina!