La afección viral es provocada por la picadura de un mosquito Aedes aegypti (el mismo que transmite dengue), que afecta al hígado y a otros órganos. Pronto, desencadena el elenco estable de síntomas que comúnmente aparecen en estos casos: malestar, dolor de cabeza, fiebre alta, náuseas y vómitos. Se le dice “amarilla” a esta fiebre porque adicionalmente, en casos graves, provoca una coloración amarillenta en la piel (denominada ictericia). En este marco, resulta fundamental tanto la vacunación como acceder a repelentes que sirvan para prevenir la picadura de vectores.
“La vacuna no solo debe ser obligatoria, sino también gratuita para que todos se la puedan colocar y no sea esto un asunto de responsabilidades individuales, porque sabemos que hay colectivos de personas que no asumen esa responsabilidad”, opina Atienza. Y remata: “Cuando las enfermedades se vuelven endémicas, presentan una determinada cantidad de casos cada año. Una vez que ello sucede, luego nos lleva entre cinco y diez años erradicarlas. Por eso, necesitamos que se tomen medidas para que no se instale la fiebre amarilla en Argentina”.
Vale la pena recordar que fue la epidemia de fiebre amarilla la que modificó, hacia 1871, la fisonomía de Buenos Aires y produjo, como resultado a partir de tantas muertes, la creación del Cementerio de la Chacarita. Se estima que 14 mil personas perdieron la vida durante aquel episodio, lo que representa nada menos que el 8 por ciento de la población del momento.