En este escenario, la carne y la leche no son excepciones. La misma distancia entre el salario y los alimentos producidos aparece en otras cadenas que forman parte de la mesa cotidiana. Incluso en aquellos productos que fueron ganando lugar como sustitutos de la carne vacuna: un trabajador avícola puede comprar hoy 30,0% menos pollo que en 2015 y 37,0% menos huevos.
La situación se repite entre quienes trabajan en la cosecha de frutas. Los salarios de los jornaleros agrícolas perdieron, en promedio, la mitad de su capacidad de compra de manzanas, naranjas y limones respecto de una década atrás. El caso del limón muestra además una particularidad, su cosecha aumentó 31,0% en el período, mientras los precios al consumidor subieron y los salarios quedaron rezagados. En las manzanas, en cambio, la caída de la superficie cosechada se combina con la competencia por el territorio de otras actividades productivas y desarrollos inmobiliarios.
El mapa se completa con las hortalizas. El salario de un trabajador agrícola perdió 50,0% de su poder de compra sobre la lechuga, 35,0% sobre la papa y 16,0% sobre la cebolla. El tomate aparece como una excepción: en el otoño-invierno de 2026 el poder de compra del salario sobre ese producto aumentó casi 40,0%. Más allá de esa variación, el patrón general vuelve a repetirse: los alimentos producidos por trabajadores rurales representan una proporción cada vez menor de aquello que sus propios salarios les permiten llevar a la mesa.