En la coyuntura actual, el cada vez mayor esfuerzo salarial de las familias para hacer frente a este gasto mensual se tradujo en más horas de trabajo y más en endeudamiento del hogar.
Por un lado, en la actualidad, el 46% de los inquilinos se vio obligado a buscar más de un trabajo para intentar cubrir los gastos de subsistencia cotidiana. Así se desprendió de la Encuesta Nacional Inquilina del cierre de año previo donde además quedó en evidencia que, pese a intentar sumar más fuentes de ingresos, otro factor de la vida inquilina tiene que ver con los recortes en consumos diarios: 91,7% recortó salidas y 86,3% gastos e vestimenta, en tanto que el 60,3% se vio en la necesidad de ajustar compras de alimentos y el 52,3% hizo recortes en la atención de salud.
Por otra parte, casi el 80% de los hogares que se endeudaron lo hicieron puntualmente para pagar el alquiler ante el inminente riesgo de desalojo, aunque a costa de que se acumulen deudas con prestamistas y en el pago de otro tipo de servicios. Así lo reflejó el relevamiento nacional, donde se destacó que “a la hora de tomar decisiones económicas, los hogares inquilinos tienden a endeudarse (incluso con instituciones financieras que les cobran altas tasas de interés), trabajar más horas o dejar de ahorrar antes que suspender el pago del alquiler”.
De esta manera, en un país donde cada vez más hogares dependen del mercado de alquileres para acceder a un techo, la creciente distancia entre los ingresos y el costo de la vivienda redefine las condiciones de vida de millones de personas. La dificultad ya no pasa sólo por encontrar un alquiler disponible, sino por contar con un salario capaz de sostenerlo. Dicho de otro modo, el problema ya no es sólo que alquilar sea más caro sino que trabajar dejó de garantizar el acceso a una vivienda digna.