La experiencia no es mejor con sus compañeros de militancia. "Violencia, acoso, abusos, mansplaining...y después se acuerdan de nosotras cuando hay que armar listas", dice una y todas se ríen. "No conozco a una piba que haya militado y no conozca al menos de un abuso", concluyó otra.
En todas las conversaciones se repite la misma idea: "De eso no se habla", "es incómodo" o "les incomoda" a los hombres. Florencia tiene 29 años y hoy, por primera vez, decidió llegar más tarde a su casa en Monte Grande, e ir a la marcha después del trabajo. Se cansó, dice. "No puede ser que como sociedad solo reaccionemos cuando aparece un cuerpo reventado. Uno se pregunta hasta cuándo, pero después vemos que la sociedad sigue cuestionando a la víctima o sigue creyendo que los que nos asesinan son monstruos. No, son tipos comunes. Yo le pido a mi novio que diga algo cuando dicen una barbaridad en el chat con sus amigos, pero a los varones les cuesta cuestionarse entre ellos, frenar a un amigo que dijo algo misógino o que se pasó de rosca en un boliche", explicó.
Frente a un Presidente que sostiene que los derechos son beneficios y la perspectiva de género, una forma de discriminación, seguramente el Gobierno Nacional y sus cortesanos tratarán de convertir a este Ni Una Menos en una marcha opositora, partidaria. Nada más lejano, aunque sin dudas la gran mayoría -sino todas- de las mujeres que marcharon no simpatizan con el oficialismo libertario y misógino y con su ajuste y destrucción del Estado. Pero los reclamos, la angustia, los miedos y también la esperanza que movilizó a tantas mujeres otra vez está dirigida a toda la sociedad, no solo a sus representantes. Está dirigida a los que tienen como trabajo cuidarnos -desde el Presidente hasta los jueces- y también a esa otra mitad de la sociedad que vive con el privilegio de no tener miedo las 24 horas.