Ese esquema comenzó a modificarse desde los años 2000 y se profundizó en la última década, cuando el acceso a empleos informales se volvió más sencillo. La aparición de plataformas digitales vinculadas al transporte y reparto, junto con el avance de la tercerización, el monotributo y otras modalidades flexibles de contratación, impulsaron esa transformación.
Mientras disminuyeron las barreras para ingresar a trabajos precarios, se volvieron más difíciles de alcanzar los empleos de calidad. En otras palabras, conseguir algún tipo de ocupación pasó a ser más accesible, pero acceder a un trabajo estable, con buenos salarios y condiciones laborales adecuadas, se volvió cada vez más complejo.
Tras la pandemia, esta tendencia se profundizó: la cantidad de personas ocupadas en empleos refugio llegó a superar a la de desocupados. Actualmente, cerca de 1,8 millones de trabajadores se encuentran en este tipo de inserción laboral, frente a 1,7 millones de desempleados. El contraste con los años 90 es marcado: en aquella época, los empleos refugio representaban apenas una cuarta parte del universo de desocupados. Así, la situación laboral dista de ser favorable y se requieren nuevos indicadores que permitan medir con mayor precisión el deterioro del mercado de trabajo.
Sin embargo, el trabajo precario también tiene límites. A medida que más personas compiten por una demanda que no crece, se produce un punto de saturación: bajan los ingresos, ya sea porque hay menos trabajo disponible o porque las remuneraciones se reducen.
Cuando ese mecanismo se agota, los empleos refugio dejan de absorber el deterioro económico y la crisis comienza a reflejarse directamente en el aumento del desempleo. Justamente, la suba de la desocupación observada en el último trimestre de 2025 podría ser una señal de ese proceso.
Ocho meses seguidos de caída del empleo formal
Mientras tanto, el empleo registrado continúa deteriorándose. En enero, último dato disponible, el empleo asalariado privado acumuló ocho meses consecutivos de caída. Al mismo tiempo, el número de empresas también sigue reduciéndose de manera sostenida desde comienzos de 2024. En ese período desaparecieron unas 26 mil unidades productivas.
El informe remarcó además que las proyecciones para febrero, marzo y abril anticipan una continuidad de la contracción, especialmente en sectores intensivos en mano de obra. Como de costumbre en tiempos libertarios, la industria aparece entre los rubros más afectados, con perspectivas negativas más profundas que las del promedio general del empleo.
Salarios bajo presión y menor ingreso disponible
Con los salarios del sector privado formal sucumbiendo frente a la inflación en los últimos meses, el escenario sigue siendo delicado. El trabajo del CETyD señaló que los ingresos permanecen aproximadamente un 20% por debajo de los niveles de 2015.
Además, el problema ya no pasa solo por el salario nominal, sino por cuánto dinero queda disponible después de pagar gastos fijos como alquiler, transporte, electricidad, gas y comunicaciones. “El ajuste se siente con mayor intensidad en el ingreso efectivamente disponible”, advirtió el reporte.
En paralelo, los trabajadores estatales muestran un deterioro aún más marcado: el poder adquisitivo del sector público acumula una caída del 18% desde fines de 2023.
Más precarización y menos empleo de calidad
Otro de los puntos centrales del informe es que el crecimiento económico se concentra en actividades con baja capacidad de generación de empleo. Mientras algunos sectores vinculados a recursos naturales o actividades extractivas mantienen dinamismo, las ramas más intensivas en trabajo siguen debilitadas.
El documento remarcó que el ajuste laboral ya no se expresa únicamente en salarios bajos, sino también en una reducción de la participación de los trabajadores en el ingreso total de la economía. En otras palabras: incluso quienes conservaron su empleo formal enfrentan mayores dificultades para sostener el consumo y el nivel de vida.
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Así, la combinación de salarios deteriorados, menor empleo formal y saturación del trabajo precario configura un escenario de creciente fragilidad laboral. Hasta ahora, la informalidad había funcionado como un amortiguador frente a la crisis económica. Pero con actividades de subsistencia cada vez más saturadas, el mercado laboral que configuró el Gobierno pierde una de sus principales válvulas de escape.