Ese doble estándar se vuelve más visible cuando se repasa la lista de bajas en estos dos años. La salida de Diana Mondino estuvo atravesada por tensiones en política exterior y diferencias internas. Guillermo Francos también dejó su lugar en medio de reacomodamientos políticos. Mariano Cúneo Libarona quedó envuelto en cuestionamientos por su desempeño y exposición mediática. Diego Spagnuolo, por su parte, se fue en medio del escándalo por presuntas coimas en la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS), luego de que se filtraran audios donde reconocía el pago de coimas por quinientos mil dólares mensuales por parte de una empresa vinculada al presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem.
Cada una de esas salidas tuvo su propia dinámica, pero en conjunto dibujan un patrón: cuando el costo político es manejable o el funcionario no pertenece al núcleo duro, el Gobierno avanza con cambios. Cuando se trata del círculo de máxima confianza, la lógica es resistir.
Mientras tanto, Adorni logró atravesar su última presentación en Diputados y, por un momento, en el oficialismo creyeron que el tema empezaba a quedar atrás. La idea era retomar la agenda y normalizar la situación. Pero la aparición de nuevos elementos volvió a poner todo en pausa.
El escenario que se abre es incómodo. Un funcionario sostenido a toda costa, un Gabinete que murmura en privado y una conducción que no admite fisuras. En ese equilibrio inestable, el Gobierno apuesta a resistir el desgaste sin modificar su esquema de poder.