Desde que las tensiones empezaron a escalar, Pakistán pasó de ser un simple espectador a convertirse en un puente diplomático activo entre Washington y Teherán. El país comparte una frontera de casi 900 kilómetros con Irán y ya enfrenta una persistente insurgencia de separatistas baluchis en su flanco occidental. Un conflicto más amplio en Irán podría alentar a grupos militantes en el lado pakistaní de la frontera, desestabilizando aún más su ya frágil seguridad.
“Pakistán es un socio cercano de China y Arabia Saudita. Irán confía en Pakistán. Por otro lado, Arabia Saudita presionaba a Pakistán para que actuara contra Irán, ya que Arabia Saudita, atacada por Irán, mantiene una alianza militar formal con Pakistán. Pero Pakistán es enemigo de Israel y no quiere luchar con Teherán”, agregó Eslami a este diario. Ese escenario, según el analista del Instituto Universitario Europeo, “convierte a Pakistán en un mediador confiable para Irán, y dado que China apoyó a Pakistán en la elaboración de la propuesta de alto el fuego y el proceso de mediación, Estados Unidos también confió en Pakistán”.
Según Paredes Rodríguez, la prolongación de esta guerra no solo afectaba a Estados Unidos y a los mercados globales, sino también a la imagen de estabilidad y desarrollo que durante años las ‘petromonarquías’ proyectaron. La cuestión, de acuerdo con el analista, es ver “cómo actuará Israel, país no invitado a las negociaciones y que puede boicotearlas, dado que sus objetivos no fueron alcanzados cuando se suponía que el conflicto duraría un par de semanas, con la caída del régimen que finalmente no ocurrió”.