Agarrárselas con “la gente” que los vota es comprensible. Uno mismo lo hace, vamos, en sus raptos de furia.
Sin embargo, antes que eso es una zona de confort analítico, visceral, que, después y por caso, hace pasar el razonamiento núcleo alrededor de la eficacia de un paro general. O de la necesidad de ampliarlo a una huelga por tiempo indeterminado, que nadie sustenta en cuanto a quiénes lo convocarían. Desde qué espacio de credibilidad masiva. Con cuáles dirigentes sindicales a los que, a la par, se denuesta sistemáticamente.
Es impresionante esa enajenación de la realidad, que llama al combate “de clase” cuando el respaldo a los Milei atraviesa a todos los segmentos sociales. O, más aún, cuando una sección enorme o sustantiva de su base se encuentra, precisamente, entre los sectores populares. Y, en particular, juveniles.
Por eso cabría sugerir lo imperioso de algo más ¿módico?, que no por eso deja de ser imprescindible como primer paso.
Una dirección consensuada, sin trampas. Unas propuestas específicas para disputar terreno de (buen) sentido común. Un liderazgo, a construir. Unas acciones más creativas. Una comunicación más eficiente (¿cuánto hace que viene hablándose de que “la derecha comunica mejor”?).
Es decir: todo lo que se dice fácil, mientras van ganando quienes implementaron lo que parecía difícil.