Desde el Ejecutivo esta alternativa cuenta con el visto bueno del secretario de Trabajo, Julio Cordero, otro habitué de los foros internacionales en su anterior faceta doble de asesor de la Unión Industrial y del Grupo Techint, y por carácter transitivo del asesor plenipotenciario Santiago Caputo y del jefe de Gabinete, Guillermo Francos. Los tres funcionarios integran el ala “dialoguista” del Gabinete por contraposición con los “halcones” Federico Sturzenegger –decididamente antigremios- y Luis Caputo.
El otro escollo para una jefatura unipersonal es Luis Barrionuevo. El gastronómico se las apañó para sostener a Acuña como tercera pata de la conducción desde 2016 incluso muy por arriba del peso real de su sector en la central sindical. El otrora jefe de la denominada “CGT Azul y Blanca”, que llegó a aglutinar a una treintena de organizaciones de porte medio, en la actualidad apenas araña un tercio de aquella capacidad. Y si bien llegó a colarse en la intimidad libertaria como fugaz patrocinador de campaña en la segunda vuelta, ese papel duró unos pocos días y Milei entendió demasiado rápido la imposibilidad de confiar en el líder de la Uthgra.
De todos modos Barrionuevo insistirá este año en mantenerse como elector de una jefatura colegiada aunque ya no con Acuña como su entenado. Para validar su influencia basta con verificar que el ministro de Salud, Mario Lugones, llegó al cargo por ser el padre de Rodrigo Lugones, socio de Santiago Caputo, pero también como presidente de la Fundación Güemes, la entidad de salud privada que reúne al propio Barrionuevo con el operador radical Enrique “Coti” Nosiglia. Su participación en esa entente le brinda al gastronómico, además, voz y voto en el reparto de fondos de la Superintendencia de Salud y en las avanzadas de intervenciones a obras sociales que los libertarios hicieron costumbre.